Me despierto al compás de la mañana: un viento agitado y frío, las nubes blanquecinas y grisáceas acosando desde el cielo; y yo con el alma más apartada de mí que ayer mismo. No sé qué pensar sobre el huracán que me agita por dentro; quizás sea el aniversario de mi nacimiento que me espera mañana, quizás el paso de los días bajo esta indiferente soledad...No sé, pero el espejo me mira de distinta forma cada día que pasa...
Procuro que la jornada transcurra como cualquier otro sábado. Pero es inútil. La imagen del espejo ha huído de mi. Al mirar el espejo, la mirada de mi retrato reflejado se ha agachado y me ha dejado más solo, con la sensación de que yo mismo me estaba dando la espalda y de que evitaba saber de mi propia mirada.
La sensación de angustia no se me escapa del pecho. Pienso que quizás mañana, cuando vuelva a despertar del sueño y haya anotado un año más a mi existencia, todo habrá pasado, y el espejo me devuelva mi propia imagen y me reconcilie con mi propia alma. Decido entonces, tras comer y pasar un rato dibujando esa esquiva mirada del espejo, tomarme tres o cuatro pastillas para dormir para así poder conciliar el sueño hasta el día siguiente.
Me levanté empapado en sudor, como si hubiera pasado la noche acompañado de pesadillas de las que no tenía memoria. Recuerdo que en aquellos instantes el aire me faltaba y que me daba un miedo terrible ir al baño y mirarme al espejo, pero tras unos momentos de duda, me decidi, salí de la cama y me aproximé al baño.
En el espejo ya no estaba yo. El dolor de mi alma cansada y fatigada había hecho de la imagen del espejo un solo rostro. La pena invadió mis ojos que no dejaban de mirar aquel rostro; rostro de mi alma que con más pena aún me contestó: “me prometiste que de mayor me dejarías volver a ser pequeño...” Tras estas palabras, desapareció, volviendo al espejo la imagen de mí, más triste y sombría que el frío viento y que el cielo gris...
Las Putas Confesiones
miércoles, 18 de agosto de 2010
domingo, 18 de julio de 2010
Harto Vacío
Harto.
Henchido de Hartura. El hartazgo de mis tedios cotidianos, hartándose. Hasta hartarme, siempre quedo desprovisto; inerme: si no exploto, no soy nadie.
Me auto-sacio con conductas prometedoras; sólo de la idea. Mi cabeza y su torbellino bastan para diezmar mis energías positivas, mi esperanza mantenida por el músculo del miocardio, mi sensación de bienestar... Y cuando no queda nada, se avecina la vacía desesperación que llena las cánulas del afecto. De este modo y en ésta frecuencia mefistofélica es cuándo desaparece la interrelación entre objetos, la justificación de las existencias de los seres y los entes, el individualismo y el colectivismo que algunos profesan como ley visceral, es decir, el tu y el vosotros deja de tener sentido, el ellos se aleja demasiado hacia la ignorancia, el ella viste vestido invisible y el él no parece querer mostrarse por ninguna parte; aunque el ello por fin adquiere imagen de toda la realidad presente, una imagen que recoge tanto lo bestial como lo vestigial; aunque el ello sirva de pantalla de proyección y de proyector de película, si hay algo que de verdad cambia en toda esta metamorfosis de monstruo bípedo devora mentes, es el "yo", que en su omisión, todo vale...
[se escuchan gritos desgarradores en las inmediaciones de la ciudad; se oyen por las ventanas de la casa; se perciben en los cuartos contiguos; se advierten en la habitación, en el armario, debajo de la cama, dentro de la almohada; retumban en la cabeza aullidos...
Te dejan sordo...
vacío]
Henchido de Hartura. El hartazgo de mis tedios cotidianos, hartándose. Hasta hartarme, siempre quedo desprovisto; inerme: si no exploto, no soy nadie.
Me auto-sacio con conductas prometedoras; sólo de la idea. Mi cabeza y su torbellino bastan para diezmar mis energías positivas, mi esperanza mantenida por el músculo del miocardio, mi sensación de bienestar... Y cuando no queda nada, se avecina la vacía desesperación que llena las cánulas del afecto. De este modo y en ésta frecuencia mefistofélica es cuándo desaparece la interrelación entre objetos, la justificación de las existencias de los seres y los entes, el individualismo y el colectivismo que algunos profesan como ley visceral, es decir, el tu y el vosotros deja de tener sentido, el ellos se aleja demasiado hacia la ignorancia, el ella viste vestido invisible y el él no parece querer mostrarse por ninguna parte; aunque el ello por fin adquiere imagen de toda la realidad presente, una imagen que recoge tanto lo bestial como lo vestigial; aunque el ello sirva de pantalla de proyección y de proyector de película, si hay algo que de verdad cambia en toda esta metamorfosis de monstruo bípedo devora mentes, es el "yo", que en su omisión, todo vale...
[se escuchan gritos desgarradores en las inmediaciones de la ciudad; se oyen por las ventanas de la casa; se perciben en los cuartos contiguos; se advierten en la habitación, en el armario, debajo de la cama, dentro de la almohada; retumban en la cabeza aullidos...
Te dejan sordo...
vacío]
jueves, 8 de julio de 2010
Hola de luz.
Buenos días, buenas tardes o buenas noches queridos amigos o enemigos. Mi nombre -o ese pequeño engendro de mí al que los demás llaman- es Montoro. A secas. No quiero tener apellidos. Soy partícipe de mi propia historia, pero desde hoy hacia el futuro. En mi sangre llevo el resquicio de otras sangres que no son más que eso: resquicios.
“Recuerdo” me suena a “resquicio”. Y el recuerdo no nos deja mirar la clarividencia del futuro, aunque ésta sea un saco de putrefacción, tristeza, desolación o alegría alcoholizada. También encuentro en esa diafanidad momentos de sinceras felicidades, de pequeñas eternidades a las que yo llamo detalles. Ahora he tenido una de esas pequeñas grandezas que tanto me gustan: he puesto música de fondo, he comenzado a escribir esta oscura descripción dibujada de mí mismo y todas las farolas de las calles colindantes se han apagado así, sin más, sin decir adiós. Quizás sea esa luz la que ahora abraza con su energía a la mía mientras dejo caer las letras una a una, y por eso no se ha despedido; porque ahora es ella la que os ha saludado. No soy yo, amigos o enemigos, es la luz la que os dice buenos días, buenas tardes o buenas noches; yo no podría dirigir un saludo así sabiendo que es más probable que tengáis un mal día, una mala tarde y una mala noche (aunque la noche tiene más cercano el placer sexual y eso es bueno, muy bueno).
Y, ¿qué os escribe la luz? ¿Qué os dice? A mi, en sus pequeños secretos que me susurra al oído en este mismo instante me explica con dolor y pesar que no queréis su compañía y que estáis muy equivocados en buscarla y evocarla en la grandiosa razón, en la seriedad, en la responsable madurez. Me pide, por favor, que os muestre sus propias palabras:
“soy la luz, nada más
dañina en ocasiones, sonriente, alegre en otras
no perdáis mi pista dando pasos
de amargura hacia la luz -acabará por ser ceguera de llanto y pena-
buscadme donde el juego siga vivo
donde la lágrima sea tan inocente como la muerte
recordarme y abrazarme con mi frío abrasador y con mi sol de hielo
soy tu pasión,
tu anhelo,
respiración de espectro
uñas del suelo en las que pisas
pétalos de rosa blanca en los que vuelas en tus sueños
soy un faro y una pérdida.
Soy ínfima
soy la luz y soy enorme por tu sombra y sin tu sombra
no soy nada”.
Por hoy ya me despido. Me quedo pensando en las palabras de la luz. Hasta la próxima.
MONTORO.
“Recuerdo” me suena a “resquicio”. Y el recuerdo no nos deja mirar la clarividencia del futuro, aunque ésta sea un saco de putrefacción, tristeza, desolación o alegría alcoholizada. También encuentro en esa diafanidad momentos de sinceras felicidades, de pequeñas eternidades a las que yo llamo detalles. Ahora he tenido una de esas pequeñas grandezas que tanto me gustan: he puesto música de fondo, he comenzado a escribir esta oscura descripción dibujada de mí mismo y todas las farolas de las calles colindantes se han apagado así, sin más, sin decir adiós. Quizás sea esa luz la que ahora abraza con su energía a la mía mientras dejo caer las letras una a una, y por eso no se ha despedido; porque ahora es ella la que os ha saludado. No soy yo, amigos o enemigos, es la luz la que os dice buenos días, buenas tardes o buenas noches; yo no podría dirigir un saludo así sabiendo que es más probable que tengáis un mal día, una mala tarde y una mala noche (aunque la noche tiene más cercano el placer sexual y eso es bueno, muy bueno).
Y, ¿qué os escribe la luz? ¿Qué os dice? A mi, en sus pequeños secretos que me susurra al oído en este mismo instante me explica con dolor y pesar que no queréis su compañía y que estáis muy equivocados en buscarla y evocarla en la grandiosa razón, en la seriedad, en la responsable madurez. Me pide, por favor, que os muestre sus propias palabras:
“soy la luz, nada más
dañina en ocasiones, sonriente, alegre en otras
no perdáis mi pista dando pasos
de amargura hacia la luz -acabará por ser ceguera de llanto y pena-
buscadme donde el juego siga vivo
donde la lágrima sea tan inocente como la muerte
recordarme y abrazarme con mi frío abrasador y con mi sol de hielo
soy tu pasión,
tu anhelo,
respiración de espectro
uñas del suelo en las que pisas
pétalos de rosa blanca en los que vuelas en tus sueños
soy un faro y una pérdida.
Soy ínfima
soy la luz y soy enorme por tu sombra y sin tu sombra
no soy nada”.
Por hoy ya me despido. Me quedo pensando en las palabras de la luz. Hasta la próxima.
MONTORO.
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