Me despierto al compás de la mañana: un viento agitado y frío, las nubes blanquecinas y grisáceas acosando desde el cielo; y yo con el alma más apartada de mí que ayer mismo. No sé qué pensar sobre el huracán que me agita por dentro; quizás sea el aniversario de mi nacimiento que me espera mañana, quizás el paso de los días bajo esta indiferente soledad...No sé, pero el espejo me mira de distinta forma cada día que pasa...
Procuro que la jornada transcurra como cualquier otro sábado. Pero es inútil. La imagen del espejo ha huído de mi. Al mirar el espejo, la mirada de mi retrato reflejado se ha agachado y me ha dejado más solo, con la sensación de que yo mismo me estaba dando la espalda y de que evitaba saber de mi propia mirada.
La sensación de angustia no se me escapa del pecho. Pienso que quizás mañana, cuando vuelva a despertar del sueño y haya anotado un año más a mi existencia, todo habrá pasado, y el espejo me devuelva mi propia imagen y me reconcilie con mi propia alma. Decido entonces, tras comer y pasar un rato dibujando esa esquiva mirada del espejo, tomarme tres o cuatro pastillas para dormir para así poder conciliar el sueño hasta el día siguiente.
Me levanté empapado en sudor, como si hubiera pasado la noche acompañado de pesadillas de las que no tenía memoria. Recuerdo que en aquellos instantes el aire me faltaba y que me daba un miedo terrible ir al baño y mirarme al espejo, pero tras unos momentos de duda, me decidi, salí de la cama y me aproximé al baño.
En el espejo ya no estaba yo. El dolor de mi alma cansada y fatigada había hecho de la imagen del espejo un solo rostro. La pena invadió mis ojos que no dejaban de mirar aquel rostro; rostro de mi alma que con más pena aún me contestó: “me prometiste que de mayor me dejarías volver a ser pequeño...” Tras estas palabras, desapareció, volviendo al espejo la imagen de mí, más triste y sombría que el frío viento y que el cielo gris...